Las cartas que recibía olían a perfume y rencor, a odio enquistado en las muelas, como una caries mal curada. Aliento asesino, desaliento crónico.
Las leía cada día en el vagón-cafetería, de camino al trabajo, y le gustaba hacer una bola de papel con ellas y tirarlas por la ventana…y verlas caer, olvidadas en cualquier tramo de vía. “las palabras se las lleva el viento, literalmente” – y se reía
Le quemaba el caos en la piel. Bajaba en la estación y caminaba hasta la oficina. Se ponía su máscara de ser humano durante 8 horas y salía, a adormecer los miedos con tragos de absenta, sólo, entre caras deformes y gritos aleatorios. Perdido entre los escombros de lo que algún día fue su dignidad
Y amanecía, en su cama, sin recordar cómo había llegado allí, con el mismo sabor amargo en la boca y la ropa del día anterior. Llamaban a la puerta, a la hora de siempre. Abría. Una carta, sin remite. Se duchaba y volvía a poner rumbo al trabajo, una mañana más.
Y sentado en el vagón-cafetería volvía a leer otra carta más, sin saber de quién era.
A fin de cuentas, ¿qué más da quién escriba las palabras, si el significado se lo pone el lector?
Como cada tarde, intentaba avanzar un poco más por la ladera de la montaña, convencido de que antes o después alcanzaría el Sol. A cada paso, las pequeñas rocas que se desprendían bajo mis pies me recordaban que avanzar es peligroso, pero necesario, y anotaba en la servilleta de papel el sonido que hacían mientras rodaban cuesta abajo.
El cielo gris escupía lluvia ácida a medida que se hacía de noche, y el Sol se me escapaba sigiloso. Con las manos ensangrentadas de esquivar escombros, seguía paso a paso, sin perder la convicción, escalando la montaña, intentando alcanzar el Sol. Sabía que mi meta era imposible, pero eso no era un impedimento.
Avanzar es peligroso, pero necesario, si el objetivo es tan grande como el Sol